LA MENTE EN BLANCO Y LOS OLVIDOS.

Crumpled paper shaped as a human head and Question mark on white

Dr. Indalecio Fernández Torres.
Médico-Psiquiatra-Psicoanalista.
Miembro Titular de la IPA, FEPAL y Sociedad Psicoanalítica de Caracas.

Tener la mente en blanco, hace referencia a los fenómenos de desactivación sectorial de lo inconsciente. Lo que determina que la mente, ante una situación atribuida a la falla del medio circundante en proveer aquello que en su evolución requiere y no pudo ser significado o se convirtió en traumatico.

Esto hace que se genere una vivencia de vacío. Lo que se traduce en tener la mente en blanco, trastornándose la capacidad de simbolizar, lo  que genera la irrupción violenta de un estado de angustia y/o dolor, lo cual  produce desconcierto y desamparo. Como consecuencia de ello, ciertas funciones o capacidades no se desarrollan y faltan.

Este fenómeno de mente en blanco, puede llevar a que la angustia y/ el dolor que se produce, se acople a representaciones mentales y al cuerpo produciendo manifestaciones psicosomáticas, lo que nos dice que el cuerpo se expresa y/o la mente también como una manera de dar cauce al desconcierto y al desamparo.

La llamada mente en blanco engloba bajo esta denominación condiciones muy diferentes:

Cuando la persona significativa o el medio circundante dejaron de aportar algo esencial para la constitución de cierta función del psiquismo se produce un vacío representacional o un déficit que se traduce en la mente en blanco.

Sí el otro significativo traumatizó psíquica o físicamente, aportando lo que no es, se produce el vacío de lo no aportado y simultáneamente el registro de una situación traumática.

Existe situaciones donde hay un trastorno psicobiológico que redunda en la creación de vacíos psíquicos, porque ciertas funciones y capacidades no se desarrollaron, así la falla está en el registro corporal.

Esto plantea que el abordaje terapéutico de la mente en blanco se hace en función de la determinación de la causa que lo determina.

Hay que marcar una diferencia de la llamada mente en blanco y el olvido.

El olvido de impresiones, escenas, vivencias, se reduce las más de las veces a un bloqueo, porque han sido objeto de represión, porque constituyen un conflicto. Este proceso de represión es la separación dela representación del recuerdo,  del afecto que lo califica. La representación y el afecto tienen lógicas propias, la representación cae en el olvido (Represión), mientras el afecto es suprimido.  Cuando el paciente se refiere a este olvido, suele manifestar: «Lo tengo en la punta de la lengua, pero no me viene a la mente»”.

Pero tenemos que tener presente que cuando hay un olvido, se produce una laguna del recuerdo y el hecho de rellenar esta laguna lleva consigo la desaparición de las condiciones de origen del olvido. Por lo que donde hay olvido hay un recuerdo desalojado por ser conflictivo.

Hay situaciones donde el paciente “no puede olvidar”, permanecen en una especie de presente continuo y uniforme de algo que vivido traumáticamente, del cual sólo se puede salir, reconstruyendo las posibilidades del olvido y esto se logra con una reconstrucción de la memoria. Eso es darle a lo no olvidado un nuevo sentido.

En estas dos condiciones: “El olvido”, donde la relación entre lo representado y el efecto se rompe permitiendo el olvido por represión, mientras que en la condición de “no poder olvidar”, hacen colusión la representación y el afecto lo que impide el olvido de esos sucesos traumáticos, haciéndolos que tengan una presencia continua y uniforme.

Un tercer modo de perturbación de la memoria es tener  un recuerdo insistente, algo que dice, no logra olvidar y no sabe por qué. Este modo de perturbación del recuerdo que hace imposible el olvido, por la insistencia de algo que no se ha analizado o tenido en cuenta sino muchos años después, nos hace reflexionar acerca del funcionamiento del par olvido imposible-recuerdo insistente, no conectado en el recuerdo, no puede olvidar pero no recuerda porque. Hay un vacío en relación con la situación traumática original, pero se crea en torno a ella un nuevo recuerdo que se repite pero al no haber una elaboración se repite en el tiempo, originando un “olvido imposible y un recuerdo insistente”.

El trauma habla de manera velada a través de ese recuerdo encubridor y lo hace en los términos de directa conexión con la memoria que el discurso  inventa.

 

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RíO PARA NO SUFRIR

Muerto de la Risa 4 imagen

Dr. Indalecio Fernández Torres.
Médico-Psiquiatra-Psicoanalista.
Miembro Titular de la IPA, FEPAL y Sociedad Psicoanalítica de Caracas.

En el curso de nuestra vida, desde el nacer hasta el morir no escapamos al dolor, a la angustia y al sufrir por ello. Veamos la participación del humor en el proceso de adaptarse a la adversidad.  “El reír para no sufrir”, es una forma de intentar salvar la cruda realidad.

El bromear del que sufre o cuando bromeamos con él, es algo fácil de decir y difícil de hacer, ya que requiere establecer un vínculo de apego, sino se torna en agresión para con el otro.

El humor  ante la propia adversidad o la adversidad ajena, una vez establecido el lazo empatico es un proceso dual, que lleva al enfrentamiento del dolor, la angustia y el sufrimiento, ante lo desconocido. Así la sonrisa o la carcajada no es indicativo de sentirnos bien, más bien nos hace sentirnos mejor, de allí el alma llora cuando el rostro ríe.

Así el humor por un instante transforma la vivencia de sufrimiento en vivencia de satisfacción.  En  cuidados paliativos la vivencia de satisfacción que surge ante la expresión humorística, apaciguara el dolor y la angustia, ante lo desconocido de la muerte.

El sujeto que piensa en su muerte, hace una escisión: por una parte se vuelve, el testigo de esta y por otra niega la posibilidad de ella, a sabiendas que está en riesgo de morir.  Lo hace para  salvar lo desconocido, ríe para no sufrir y así dejamos traslucir nuestro afán de rebajar la muerte cómo algo inevitable a una contingencia. y así mantenerse en la profunda ignorancia de su propia muerte, pero a pesar de ello la muerte se presenta siempre como algo imprevisto para a la persona. Siempre llega muy temprano, tanto para el moribundo, como el que asume un riesgo de muerte.  Ante esto, ni él ni su allegados  creen que pueda ser posible.

El tratamiento multidisciplinar busca la ausencia del sufrimiento y el desamparo, persiguiendo la existencia de un sujeto asintomático en el marco idealizado del morir bien.  Lo que se oferta es un acompañamiento ante la inminente muerte, donde  debe estar el humor que despierte una sonrisa, dependiendo de las circunstancias y de la singularidad del paciente.

La muerte inevitable, hace renacer la duda, el malestar, en el terapeuta,  lo que imposibilita estandarizar el acto clínico y lleva al terapeuta a la invención cotidiana. De cómo aproximarse al paciente moribundo.

El apego a la vida, se sostiene en la tendencia a la auto-conservación del paciente y en la heteroconservación que debe  practicar el terapeuta. Pero cuando este vínculo se rompe aparece el,  dejen me morir o el no quiero morir del paciente, ese momento marca aun más el acompañar a morir, para mitigar la agonía.

El humor apunta a la salvaguarda  del narcisismo.  Porque cuando se afecta el narcisismo por la posibilidad de morir, el paciente puede quedar disminuido en su ideal del yo por falta de amor propio, entonces el paciente puede reír y burlarse de  sí mismo, como si fuera otro el quién muere.  En esta disociación busca salvar la vida, es otro el quién muere, negando así el fin de su existencia. Pero por otra parte, el humor puede ser un intento de restitución del ideal del yo.  Provocar la risa permite una re-valorización narcisista que lo eleva  a la altura de sus identificaciones y lo apega a la vida.

En efecto, el acto humorista produce una cierta elación, que mantiene alejado en ese momento el trauma de la muerte.  El humor, es opositor, no solo significa el triunfo del yo, sobre las vivencia de sufrimiento, sino que  capaz de reafirmarse  a pesar de lo desfavorable de las circunstancias reales.

 Frente a una situación que amenaza de muerte  se puede producir angustia, enojo, dolor, terror, espanto o desesperación, la súbita ocurrencia de una broma puede transformarlos en risa.  De ser así, el humor sería la más elevada operación defensiva frente a la posibilidad de sufrimiento. Caracterizándose el humor por ser liberador, grandioso y patético. Es grandioso porque el fugaz triunfo del narcisismo vuelve al Yo invencible, por un instante, frente a las afrentas de   la realidad. Es un breve y pasajero momento de elación, cuya brevedad nos permite asegurar la salud psíquica, en el cual la vivencia  de satisfacción resulta vencedora, riéndose gozosamente del sufrimiento, que proviene del mundo externo o del propio cuerpo. De ahí su patetismo, ya que el dolor sigue y seguirá atormentando insistentemente desde la realidad compartida. Esta colusión de grandiosidad y patetismo lo diferencian claramente de las otras formas de placer derivadas del chiste y lo cómico.

La sonrisa es la forma suprema de la risa, ya que en ella el individuo expresa a la vez su libertad y su autodominio. La sonrisa iría fundamentalmente de la mano de aquello que podemos llamar el sentido del humor, el cual complementa.  Apelar a sacar una sonrisa en situaciones de sufrimiento, que lleven al deterioro y la muerte, es una forma de mitigar lo que nos sume en el desamparo.

El humor, se entiende como algo que no es exactamente lo mismo que lo cómico y lo chistoso, aunque pueda articularse de alguna manera con ambos, permite a los seres humanos enfrentar lo desconocido y la incertidumbre del fin de la vida.  Todos somos mortales pero sin saber la hora exacta del de cuando se cumple ese hecho.

 

SÍNDROME DE BURN OUT.

Burn Out

Dr. Indalecio Fernández Torres.
Médico-Psiquiatra-Psicoanalista.
Miembro Titular de la IPA, FEPAL y Sociedad Psicoanalítica de Caracas.

Este síndrome a través del paso de el tiempo ha recibido diferentes denominaciones. Se trata de un proceso continuo, que se desencadena paulatinamente o rápidamente,  agrabandose con el tiempo.

El Síndrome de Burn Out, estar quemado o disfunción ocupacional, se da cuando se establece una desajuste entre los ideales y las expectativas, en ese momento de la vida de la persona, en relación a las exigencias del entorno y sus circunstancias.

Estos contextos (familiar, político, económico, social, cultural, ocupacional…) tienen su propio código de relaciones, normas y exigencias que en ocasiones se interfieren entre sí. Esta disparidad produce una tensión angustiosa ante la demanda afectando a la persona.

Ante esta sobre exigencia que conmueve se produce una respuesta emocional que moviliza su angustia. La persona  genera un sistema defensivo como una manera de afrontar la angustia que produce una caída de sus ideales. Se va a producir un cambio de actitudes y de conductas con el fin de defenderse de la tensión angustiosa que vive. Esto conlleva a que el Síndrome de Burn Out, ocasione”sentimientos” de agotamiento, frustración y privación, que sumen al ser humano en una vivencia de desamparo e impotencia. Esto se debe a una sobrecarga tensional, por un exceso de obligaciones que la persona se impone y/o las exigencias que el entorno le demandan.

Estos sentimientos que subyacen en el Síndrome de Burn Out, son formas de vinculación que establece el individuo en referencia a sus ideales que lo marcan cómo persona y  con los ideales que establece el ambiente donde se mueve.  Puede haber un acople o  un desfase entre sus expectativas y las exigencias del entorno. Así no todas las personas responden igualmente ante las situaciones que están sometidas.

Vemos entonces que todo acceso al logro está marcado por los “ideales”, los afectos, emociones y sentimientos, además de las circunstancias que  marca el entorno, así como el momento de la vida en que se da.

Cuando se emprende una tarea o compromiso se puede tener un incentivo para relizarla o sencillamente desde su inicio es una exigencia que la cruda realidad no somete a asumir dada las necesidades de la persona. Tanto una como otra situación puede llevarnos progresivamente o rápidamente a un desgaste ocupacional o profesional y de nuestra persona.

Algunos individuos comprometidos con lo que hacen, suelen sobre implicarse con lo que los ocupa, otros ya desde un inicio muestran una falta de implicación con la tarea. El medio en el cuál están implicados pueden plantear ciertas normas y exigencias que pueden ser contradictorias y demandar una sobre implicación con la tarea.  Cuando el entorno no favorece el ajuste entre los ideales y las expectativas, se produce un aumento de la tensión psíquica y/o física que lleva aun detrimento de lo ocupacional y relacional.

Cómo hemos dicho la forma en que nos ocupemos de una tarea, va a depender de la forma en que lo asuma cada quién y de las exigencias que plantean las circunstancias.

Así una persona comprometida con lo que hace, puede asumir su ocupación inicialmente con entusiasmo, pero dadas sus propias exigencias y las del entorno,  al verse sobre implicado, no exterioriza la tensión que se genera ante la amenaza inconsciente de no llenar sus ideales, esto produce la vivencia de incompetencia. Esta sensación de no poder dar más de sí mismo, lo confronta con sus ideales no logrados. De forma defensiva niega sus sentimientos o proyecta sobre su entorno su disconformidad, en términos de un desapego hacia el medio, al cuál responsabiliza de sus frustraciones o privaciones. Lo que constituye un acto fallido ya que su apego a su ocupación y el vínculo con el entorno se distorsiona.  Se produce un desajuste entre la persona, su ocupación  y el medio en que la ejecuta.

La persona no implicada pero sobre exigida por el entorno, no está exenta de caer en la desilusión, la falta de compromiso no lo libera de lo no deseado. La negación emocional no le permite expresar sus sentimientos ante una necesidad que le es desagradable.

Ambos casos llevan  a una desilusión creciente sobre lo que se ejecuta, proveniente de cómo se relacione con la tarea. Lo que plantea poca satisfacción con lo ejecutado y lleva al sujeto al desencanto con las tareas realizadas. Surgen aquí los sentimientos de agotamiento que producen, una descompensación psíquica y/o física, a lo que se suma una frustración por lo ejecutado.  La persona se ve privada de sus vínculos relacionales, lo que afecta a lo que hace y como lo hace.

Este desequilibrio lo sume en la impotencia, al no poder hacer lo que inicialmente quería hacer, dado que su forma de ejecutar las cosas y como las plantea el entorno no llenan sus expectativas. De igual manera aquel que se involucra con lo que no quería hacer y tiene que hacer también cae en el desgaste. Estamos aquí ante dos situaciones de desamparo que pueden desencadenar un desequilibrio psíquico y/o físico además de relacional, donde  se pierde la capacidad de disfrute.

Esta forma de acceder al logro, pude asumir la postura de la sobre exigencia o el despropósito. El problema es, que se cree que no tiene problemas asumir esta postura.

Se produce un desface o pérdida de referencias. Eres parte de lo no deseado o lo deseado no está de tú parte. Los límites desaparecen y no hay discriminación de prioridades (pareja, familia, valores, ocio).

La persona afectada genera una tensión emocional crónica que produce una descompensación psicosomática. Que puede llevar a la despersonalización y el desapego.  Lo que trae el sentimiento de agenidad y  la vivencia de vacío ya que nada es suficiente.

Este conjunto de signos y síntomas hay que abordarlo en el caso por caso, porque no se suceden en el mismo orden y en la misma secuencia en el tiempo. Lo que es claro es que si perdura en el tiempo produce un colapso en el ser humano.

 

EL Tratamiento de Terapia de Pareja

Terapia de Pareja.

Dr. Indalecio Fernández Torres.
Médico-Psiquiatra-Psicoanalista.
Miembro Titular de la IPA, FEPAL y Sociedad Psicoanalítica de Caracas.

La terapia psicoanalítica de pareja, para alcanzar el cambio psíquico, utiliza como herramienta el conocimiento de la propia realidad psíquica y de los funcionamientos psíquicos de los miembros de la pareja; no es directiva, pero insta a la pareja a que reflexione sobre lo acontecido y que llegue a una decisión entre ambos, donde se puede llegar a un acuerdo o a desacuerdos que permitan o no establecer la continuidad de la pareja.
No son objetivos de una terapia psicoanalítica de pareja ni perpetuar un matrimonio o un vínculo, ni evitar una separación. El objetivo es trabajar sobre lo qué les pasa y ayudarlos a pensar y decidir al respecto.

Cuando una pareja solicita una consulta, lo más habitual es que haya una crisis o  busca  una solución a alguna circunstancia, en donde surge una situación en que aparecen acontecimientos desbordantes o no encaminables en esos momentos por la pareja.

El analista realizará un diagnóstico en el que ubicará los funcionamientos individuales y vinculares intersubjetivos o tran-subjetivos involucrados en el acontecimiento. Se recorre así, un camino que va del motivo de consulta a la formulación psicodinámica de lo acontecido y que permitirá elegir los puntos nodales a trabajar para enfrentar la situación clínica.

El terapeuta debe preguntarse durante la primera entrevista si conviene un tratamiento de pareja o de otro tipo. Un tratamiento de pareja es especialmente útil cuando en los conflictos que determinan la ruptura de la estabilidad de pareja y estos produce una afección, que puede ser consciente y/o inconsciente, dado por la posición y respuesta de cada miembro de la pareja.  Se produce así una retroacción circular o un eterno retorno al punto de desencuentro. Son funcionamientos armados por los dos, un “entre dos”. El cuál puede ser transferido a el o los terapeutas.
La sesión de pareja se constituye en un entramado o matriz vincular. Y es esta triada o cuadrángulo la que constituye el escenario terapéutico. Algunos pacientes han realizado o realizan terapias individuales, que por razones diversas no han elaborados los conflictos de pareja. Muchas veces en el encuadre individual no se pueden captar en toda su complejidad los funcionamientos intersubjetivos entre los partenaires, ya que lo que se visualiza es la percepción intra-psiquica que se tiene del otro de la pareja. Es sólo la presencia del otro y el despliegue de intercambios que aparecen en la sesión de pareja los que permiten una elaboración de esta matriz vincular.
En los tratamientos de pareja el proceso de cambio psíquico sigue caminos diferentes a los habituales en los tratamientos individuales. La situación es otra en un tratamiento de pareja: la propuesta explícita es analizar el vínculo y a los partenaires se les propone manifestar el motivo de consulta. En el despliegue del discurso se efectuará el trabajo clínico que consistirá en esclarecer las reacciones de uno de los miembros a las influencias del partenaire y viceversa, el modo en que los funcionamientos psíquicos resultan del “entre dos” junto al terapeuta/s.
El tratamiento analítico de pareja no aspira a eliminar cualquier malestar entre los partenaires, sino aquéllos que producen conflicto y por ende sufrimiento. Así, se centra en las transferencias intra-pareja entendiéndolas como conjuntos de representaciones estereotipadas, falsos enlaces y repeticiones actualizadas y activaciones fantasmáticas que se producen entre los partenaires y que se retroalimentan entre ellos. Las que se trabajan en sesión son las que producen malestar, ya que muchas otras constituyen la base de la pareja en tanto producen estabilidad, aunque resuenen en el terapeuta como una discordancia.
La transferencia intra-pareja se ancla en lo inconsciente y tiene un sostén bidireccional entre las parejas, pero al participar el terapeuta es multidireccional, así encontramos transferencias cruzadas, transferencia lateral, colusión transferencial y muchas más que amplían el panorama transferencial.  Por lo que hay que tener presente los intercambios vinculares y las posiciones intersubjetivas y trans-subjetivas que se dan en la matriz vincular que se constituye en la terapia de pareja.
El trabajo terapéutico en un dispositivo de pareja se apoya en lo fundamental en intervenciones que difieren “en su formato” de la interpretación descripta para la terapia individual. La intervención vincular apunta a que se reflexione cómo uno influye en el otro, tanto consciente como inconscientemente, cómo lo transgeneracional, lo endogámico y/o le exogámico de cada uno estimula o apaga ciertos funcionamientos en el otro, cómo se construye un funcionamiento entre dos. El Terapeuta tiene que tener presente que su estructuración psicológica constituye una parte del instrumento terapéutico. Como hemos dicho se constituye una matriz de este vínculo terapéutico, lo que nos lleva a considerar la estructura de cada uno de los participantes en el despliegue de la terapia de pareja. Entonces es de primer orden en las terapia de pareja, “ Cómo se dan las configuraciones vinculares en la terapia de pareja”, entre todos los participantes.

LO TRAUMATICO Y EL TRAUMA

 Lo traumático y el trauma (imagen)

Dr. Indalecio Fernández Torres.
Médico-Psiquiatra-Psicoanalista.
Miembro Titular de la IPA, FEPAL y Sociedad Psicoanalítica de Caracas.

Desde la gestación de nuestro ser y la evolución de la vida, lo traumático cobra importancia ya que en la circunstancia en que se geste tendrá su singularidad y particularidad, además de una universalidad, que atañe un grupo sometido a circunstancias similares. El Acontecimiento que irrumpe, produce en el ser humano una alteración psicosomática, que puede tener como referente a lo transgeneracional, lo intrasubjetivo, lo intersubjetivo, lo social o lo ambiental, creando un espacio traumático en el afectado. Al hacer referencia a una alteración psicosomática planteo  una alteración que se puede suceder en el soma, siguiendo su lógica orgánica y sus repercusiones y/o en la psique que bajo su lógica psíquica, pueden ocasionar un trauma en el devenir, el cual puede ser resignificado por las circunstancias.  El ser puede ser objeto de la falta de un estímulo o de una atribución, pero también puede ser que esté sometido a un estímulo extremo que desborda su capacidad de elaboración. Por consiguiente el trauma puede estar presente en cualquier disfunción psicosomática ocasionada por la irrupción de lo que deviene traumático. Ahora la conjunción, de una situación disruptiva en el ser psicosomático y lo externo a éste, lo social o ambiental podría originar lo traumático y posiblemente con ello  un trauma.

Al haber una multiplicidad de referentes de lo traumático, el trauma ocasionado y su expresión clínica, adquiriría un significado diferente cada vez, lo que nos llevaría a la situación del caso por caso. Si bien hay referencia universales ante un hecho traumático, cada individuo tiene una particularidad de asumirlo y un forma singular de responder a el.  Por lo que no hay una referencia clínica precisa, que sea evidente para un acontecimiento traumático. De allí que sea necesario precisar que subyace en el trauma de cada quién, para delimitar así cual es su espacio traumático y si se expresa como una fijación o es objeto de una resignificación, que nos libera de él o sí persiste bajo una nueva significación. Hay que tener presente que no todo acontecimiento que genere una conmoción o  una disrupción psicosomática, genera una disfunción traumática y no toda disfunción es causa de un evento único, sino que depende de las circunstancias de cada quién, lo que lo hace multicausal, por lo qué el terapeuta debe avocarse al caso por caso, donde hay que deslindar el acontecimiento o “lo fáctico que según Benyakar, M. 2005), refiere a lo dado más allá de su representación psíquica”, así que el trauma puede ser un acontecimiento psíquico o somático, además de algo referente a las circunstancias  ambientales y sociales. Ante estas circunstancias, hay que tener en cuenta la vivencia  que estas circunstancias genera, además de como se experimenta lo vivido, para poder así dar con el núcleo de lo traumático, que es el generador del espacio traumático.

Al sucederse un acontecimiento o lo fáctico, estos pueden no ser objeto de elaboración, lo que produciría una desarticulación de la vivencia, originando esta desarticulación la vivencia traumática.  Entonces podemos decir que lo traumático es una  desarticulación sin elaboración de la vivencia, lo que produce una falla en el proceso representacional, esta falla en la representación, producirá una vivencia de vacío traumático, que es la  consecuencia de la falla en la inscripción que la vivencia traumática desencadena, por lo tanto se crea una huella mnémica o núcleo traumático, que actúa como marca de la falla en el proceso representacional, lo que da lugar a que la inscripción de la vivencia quede impedida, generando así un vacío representacional.  Este vacío genera:

Un“Desvalimiento” que es la percepción de la incapacidad psíquica para procesar la experiencia. Lo que nos podría llevar a un“Desfallecimiento”, que es la incapacidad de procesar un actividad funcional somática y/o psíquica.

Las situaciones disruptivas psicosomáticas producen una amenaza a la tendencia a la autoconservación, lo  que genera el sentimiento de “Desamparo”.   Esta conjunción de sucesos nos generan un sentimiento de “Decepción”, que puede expresarse como frustración, privación o castración. Estas manifestaciones serán objeto de nuestra intervención terapéutica.

“El trauma”, supone siempre una contingencia, un encuentro imprevisto y azaroso. La excitación propia del trauma puede provenir “de fuera” o “de dentro” pero, para que sea trauma, tiene que ser un acontecimiento con una implicación psicosomática que afecte a la subjetividad y a su configuración. Sin esa implicación, aunque no sea evidente, no hay trauma.  El trauma es un tipo específico de disfunción psicosomática de causalidad multifactorial. Todo trauma conmociona la unidad psicosomática del ser, en una o en ambas vertientes. (Psíquica o Somática). Una de las características del trauma es la compulsión a la repetición.  Para que se de la compulsión a repetir lo traumático, el acontecimiento o lo fáctico debe ser objeto de un vacío elaborativo o representativo de lo traumático. Produciéndose una iteración o vuelta a repetir del movimiento pulsional, en torno a este vacío lo que nos lleva como ya hemos dicho al desvalimiento, desfallecimiento, desamparo y decepción.  La compulsión a la repetición sería la más viva expresión del sufrimiento y dolor.

Quiero hacer la siguiente acotación, “lo traumático” es un aspecto fundante para el ser y el devenir sujeto, ya que no sería posible la subjetivación, ni proceso alguno de historización, que no se de  en el vínculo con el otro significativo y en los límites que ese otro tiene para el  futuro sujeto. Hay una frustración necesaria, una opacidad en el encuentro, que lleva a constituirse como otro distinto.
Esto sería “lo traumático estructural”, violencia primaria imprescindible, el otro significativo no “es”, no “está” para establecer el vínculo de apego. En estos momento se establecen vacíos representativos que van a formar parte de la estructura de todo individuo. Este trauma estructural junto a los vínculos de apego, implican
vacíos pero también potencialidades, que impulsan la búsqueda de lo no inscrito y de su resignificación.
Hay que tener presente que el ser humano es una unidad psicosomática que en sus vínculos de apego y desapego , trazan la constitución del sujeto y de su agente que es el yo.  Concibo al ser humano y al inconsciente como un sistema abierto y complejo,  capaz de producir pensamientos, emociones y actos, que en un vínculo con un otro significativo y las circunstancias del entorno, pueden generar cambios en su psiquismo.

 

 

 

 

 

 

El PARENTESCO. DE LO TRANSGENERACIONAL A LA ENDOGAMIA Y A LA EXOGAMIA.

El Parentesco

Dr. Indalecio Fernández Torres.
Médico-Psiquiatra-Psicoanalista.
Miembro Titular de la IPA, FEPAL y Sociedad Psicoanalítica de Caracas.

El parentesco sirve para designar a las personas que establecen lazos vinculares de apego, ya sea por ascendencia o descendencia o amistad, donde lo emocional, lo relacional y lo cognitivo guarda un papel central. El “Parentesco” en su acepción refiere a “padre y madre”, se le vincula al “dar a luz, engendrar” parientes, lo que no significa exclusivamente que los parientes provengan de un una relación genitora o paridora, ya que vemos que en el concepto de función parental puede dar lugar a las funciones de padre, madre, hermano o amigo. Entonces en el parentesco no sólo se plantea lazos de consanguinidad, ya que muchas veces el ejercer la función parental o fraterna se establecen vínculos de parentesco. Aquí se toma como base la función de vínculo y está basada en la noción de quién ocupa el lugar de la relación de parentesco. Lo transgeneracional puede establecer parentesco por consanguinidad o por vínculos de apego que dan pie a ejercer la función parental o fraterna.

Cada persona y sus generaciones son determinadas por su historia Psico-Somática y el papel que ocuparon sus antecesores significativos, además de los procesos culturales, sociales y políticos que los rodearon, en la configuración de su estructura. En el ser humano como hemos dicho juega un papel lo Psico-Somático, pero a esto se añade el lugar de los otros significativos y las circunstancias. La herencia psíquica no se da solamente entre una madre o un padre y su hijo, lo que sería lo intergeneracional, sino que también existen influencias de generaciones anteriores en la estructuración psíquica de un nuevo ser; en este caso, hablamos de lo transgeneracional.

El vínculo de filiación da cuenta de la ascendencia y de la descendencia, que como vemos es algo que va más allá de la consanguinidad, donde hay que considerar entonces la herencia y/o los vínculos relacionales. Hay que recordar aquí que la palabra descendencia o filiación se refiere a la relación del vínculo de apego y no tan sólo física, entre padres e hijos/as, sino que la sociedad, la cultura y las circunstancias captan y regulan el deseo de continuar en quien lo sucederá, manera de compensar la pérdida paliar el desapego y elaborar la ausencia de sus miembros por la muerte.

El vínculo de alianza se enfatiza desde las formas en que se establecen las relaciones de apego. La alianza es sinónimo de lo que fue un vínculo de afinidad. Pero también desde un mismo grupo familiar se establecen vínculos por rivalidad dentro de una misma familia. Por lo tanto, dentro del núcleo familiar se establecen transferencias cruzadas de apego o rivalidad entre sus miembros. La familia puede establecer un núcleo endogámico que tiende a marginar a cualquier otro miembro extrafamiliar que no tiene la misma afinidad. La exogamia, es la búsqueda de la pareja en el sector extrafamiliar de la sociedad o la cultura, o por fuera del grupo, trascendiendo así los vínculos incestuosos. Cuando la agrupación familiar, ubica ciertos parientes como permitidos y otros, no familiares como prohibidos, sostiene una relación endogámica. Los que pertenecen al grupo son endogámicos; los que se relacionan con los sujetos del área extrafamiliar realizan una interacción exogámica. Esta concepción del vínculo de alianza lleva implícitas las nociones de reciprocidad, de apego o desapego y de intercambio, por las cuales en el parentesco se define a las personas y se las transforma en pareja con el acuerdo de transferir un valor de una familia a la otra. La exogamia define una orientación social y cultural además de la prohibición del incesto.

El hermano/s, sean reales o imaginarios plantean o no, el primer paso de la endogamia a la exogamia, ya que permiten confrontar la pareja parental y con esto dar pie a una posible salida del núcleo endogámico o permanecer dentro de él. Así la figura del hermano plantea el llamado “Complejo Fraterno” (L. Kancyper, 2002), el que cumple las funciones:

“La función sustitutiva” del complejo fraterno ocurre cuando este se ofrece como una alternativa para compensar funciones parentales que han fallado; y cuando sirve para elaborar el complejo de Edipo y el narcisismo. Esta función ya fue sugerida por Freud en su “Conferencia 21” (1916)”. Es lo que defino cómo el primer eslabón del posible paso a la exogamia.

“La función defensiva” del complejo fraterno se observa cuando encubre situaciones conflictivas edípicas y/o narcisistas no resueltas. En muchos casos, sirve para eludir y desmentir la confrontación generacional, y para obturar las angustias derivadas de ella”.

“La función elaborativa” se da porque el complejo fraterno colabora en el interminable trabajo de elaboración y superación de los remanentes (normales y patológicos) del narcisismo y de la dinámica edípica, que se presentan durante toda la vida”.

Por último, el complejo fraterno tiene una “función estructurante”, y un carácter fundador, en la organización de la vida anímica de individuos, pueblos y culturas.

Este complejo, reviste una gran importancia, participa en la estructuración de las dimensiones intrasubjetiva, intersubjetiva y transubjetiva, mediante las influencias que ejerce en la génesis y el mantenimiento de los procesos identificatorios en el yo y en los grupos. Además, es relevante en la constitución del yo ideal, el superyó, el ideal del yo, y en la elección de los objetos de amor y de amistad.

La Horfandad o ser huérfano refiere a la pérdida de un vínculo con una persona significativa que ocupa la posición parental o ya sea su referente, lo que lo sume en una vivencia de desamparo o desvalimiento ante la ausencia de un referente que le servía de soporte. El que ocupa la función parental y sobrevive carga con un doble trabajo de duelo, el de la pérdida de su pareja, pero también el de reubicarse en el ser un padre o una madre sin conyugue frente a hijos huérfanos lo cuál a él también lo remite a la vivencia angustiosa de añoranza por el objeto perdido al desvalimiento frente a su ausencia. En el caso de que la pérdida sea de ambas figuras parentales, el doliente según sea las circunstancias, quedará a la espera de quien ocupe la función parental, sí la tragedia se da en un núcleo endogámico u exogámico.

La Muerte súbita de un ser querido.

La Muerte Súbita de un ser querido

Dr. Indalecio Fernández Torres.
Médico-Psiquiatra-Psicoanalista.
Miembro Titular de la IPA. FEPAL. Sociedad Psicoanalítica de Caracas.

La muerte repentina, encierra en la pérdida que suscita una conmoción inesperada, la que despierta una vivencia de vacío en nuestra persona, ya que la representación de la muerte del ser querido nos pone en contacto con algo que nunca fue representado nuestra propia muerte. La perplejidad, el desamparo, nos pone en contacto con lo inesperado y la cruda realidad de que todos somos mortales, pero es algo imprevisible. El acontecimiento súbito de la muerte nos sume en una irrealidad inesperada e inevitable, lo que nos lleva a los interrogantes. ¿Murió luego de una agonía o su muerte fue instantánea?, “¿Cómo no me di cuenta?”, ¿Cómo no pude evitarlo?” “.

Tratar de dar sentido a esta muerte repentina puede ser realmente difícil para los familiares sobrevivientes hace que surja las preguntas: “¿Por qué me sucedió esto?” “¿Qué hubiera sucedido si…?”, “Sin tan solo pudiera…”. Sin embargo, muchas veces puede ser difícil, si no imposible, encontrar una respuesta… no hay una contestación que repare esta dolorosa ausencia. Lo que hace que este cuestionamiento se vuelva contraproducente para el proceso de curación. Ya que se desestima el suceso y el afecto. Las pérdidas repentinas ponen en jaque nuestro sentido de la vida, así como nuestro sistema de creencias y valores. Creándonos interrogantes.

Ante esta pérdida habrá posiblemente muchas preguntas sin contestar. Sin embargo, hay una que toca lo más profundo de su ser, “Ahora que hago, ante lo inesperado”. Las pérdidas repentinas ponen en jaque nuestro sentido de la vida, así como nuestro sistema de creencias y valores. El doliente sufre un fuerte impacto en la estabilidad de un mundo que creía seguro… ha perdido toda certeza, así como toda confianza en un mundo que se ha alterado bruscamente.

¿CÓMO AFRONTAR UNA MUERTE REPENTINA?

¿Es posible afrontar el camino del duelo para construir un nuevo vínculo con el ser querido fallecido? La muerte repentina deja tras de sí sobrevivientes aturdidos y vulnerables por lo cual es importante atravesar este camino emocional y su decurso. Sólo expresando estas emociones podrás ir avanzando poco a poco en este camino de duelo.

Así como la propia muerte resulta inconcebible y es pospuesta hasta un futuro indefinido, la muerte inesperada de alguien con el cuál establecemos un vínculo significativo, ya sea un padre, madre, hijo, amigo o una mascota, nos conmociona al ponernos en contacto con un vacío que nos sume en una perplejidad, ya que es algo irrepresentable por lo tanto inesperado. Lo que moviliza una videncia de desamparo, lo que nos sume en una irrealidad, que se sume en una inevitabilidad. La muerte súbita produce una abrupta ruptura de la idea de la existencia de un vínculo emocional sin transformaciones. Pero la realidad es otra, la muerte súbita, afecta el vínculo emocional pudiendo ser vivida como un abandono y por eso después de la muerte súbita puede surgir la vivencia de abandono o el dolor ante lo perdido. Cómo se viva esta súbita perdida, se resignificará la ausencia que deja. Además, con el lazo de apego con el objeto significativo aparecerá la nostalgia, del recuerdo y el deseo de reencuentro con el objeto perdido. También como se asuma esta nostalgia se irá camino del duelo o la depresión. De igual manera según la estructura psicológica del doliente así será la elaboración de la pérdida, así el escenario psíquico o las circunstancias del doliente darán el matiz del duelo.

Tratar de comprender y expresar la emoción, el afecto y el sentimiento que nos embarga, al igual que los pensamientos y conductas que conlleva, sería el primer paso para construir un nuevo vínculo significativo con el ser querido fallecido.

El estado de perplejidad corresponde el estado de estupor y es una transitoria identificación con el muerto, que se percibe como una sensación de vacío y angustia. Ante esto puede manifestarse una desmentida del suceso que se correspondería con el “No lo creo”. Como manera de llenar el vacío y la angustia producida, por la ruptura traumática del aparato amortiguador de estímulos de cada uno. En consecuencia, es posible que en la psique del sujeto tenga una turbulencia en su mente y sus pensamientos, emociones y actos estén casi totalmente ocupados con y por el objeto perdido.

La muerte súbita se puede suceder de acontecimientos que nos sumen en:

“La Irrealidad”, donde se puede responder mediante una negación de lo acontecido. En otros casos el doliente se sume en un agujero o hiancia psíquica que trastoca su ser al conmocionar su unidad psicosomática expresando manifestaciones en ambas vertientes psíquica y somática. Recordemos que el ser es una unidad psicosomática.

“Lo inevitable”, de la muerte súbita, es el encuentro con la cruda realidad, lo que llama Lacán en el Seminario 11, “LaTyche”. (“encuentro con lo real”). Las circunstancias marcan su aparición y nos sumen en la perplejidad. Todo acontecimiento inesperado se vive y se sufre, lo que es una manifestación de su posible elaboración.

“Lo Inefable” de la muerte súbita por su contingencia es algo que no puede ser expresado con palabras, Por eso el llanto y las lágrimas es el alivio ante esa vivencia de vacío. Además de ser un llamado que expresa el doliente en busca de consuelo o la forma en que expresa el ser en ese momento lo que no puede poner en palabras.

“Los interrogantes”,  ante la muerte súbita surgen en la mediatez, tratando de llenar los acontecimientos anteriores. Aquí se manifiestan las palabras de Freud: “La sombra del objeto cae sobre el yo”, a lo que agregaríamos las identificaciones con el objeto caen sobre el yo.

El llanto y las lágrimas implica el alivio de una necesidad interna, un cierto grado de regresión y también un llamado que expresa el doliente en busca de consuelo ante la muerte súbita.

Estos acontecimientos son el objeto de nuestra intervención en el caso de que la muerte súbita de un ser querido amerite un abordaje terapéutico.